Frida Kahlo, viva la vida

Hace ciento diez años que nacía Frida Kahlo o Magdalena Carmen Frieda Kahlo Calderón (Coyoacán, 1907- México D.F., 1954).

Hija predilecta de Guillermo, un fotógrafo de origen judío-húngaro, enfermo, al que cuidó en secreto siendo ella pequeña y también ayudó en su estudio fotográfico, y de Matilde, una indígena católica, de quien heredó el amor a la naturaleza.

“México está como siempre, desorganizado y dado al diablo, sólo le queda la inmensa belleza de la tierra y de los indios”

Hay hombres que viven en el placer, otros en el dolor y otros sólo tienen la vida” (Guillaume Apollinaire). Pues ella fue capaz de renacer y gozar con la penitencia de su cuerpo resquebrajado. Kahlo osada, resilente, indómita, dipsómana, ecléctica, apasionada, amada por hombres y mujeres, mestiza, orgullosa de ser mexicana (solía vestir con adornos florales en la cabeza, grandes joyas y vestidos tradicionales de su país, diseñados a veces por ella misma) pintora autodidacta y poetisa; casi más famosa que su marido el gran muralista Diego Rivera, a quien adoró y odió tanto como a su cuerpo.

“Niño de mis ojos (Diego Rivera), tú sabes lo que yo quisiera darte hoy, y toda la vida. Si estuviera en mis manos ya lo tendrías. Al menos puedo ofrecerte para estar contigo en todo… mi corazón”

Sometida a interminables convalecencias aprovechó desde el enclaustramiento en su Casa Azul que la vio nacer y morir (lo que da suerte según la cultura mexicana) para dibujar su universo de dolor y desnudar sus sentimientos y vivencias, la mayoría macabros.

Raíces alcanzó el récord del cuadro de origen hispanoamericano más caro al ser vendido por 5,6 millones de dólares en el 2006.

Su cuerpo como capital del dolor

Fue presa de su propia cárcel de carne, el dolor físico fue su leal tortura desde temprana edad, empezando por una poliomelitis que contrajo a los seis años -dejándole casi inútil la pierna derecha- para después en su juventud sufrir un accidente de autobús cuando iba acompañada de su enamorado Alejandro y que le destrozó la columna, además de causarle múltiples heridas.

“No tengo miedo de la muerte, pero quiero vivir. El dolor eso no, no lo soporto”

Sobrevive y a partir de ahí se ve obligada a llevar corsés y a realizar un itinerario por hospitales, soportar grandes dolores, someterse a más de treinta operaciones, como se refleja en sus autorretratos, retratos y coloridas naturalezas muertas primitivistas que ella misma preparaba cada noche desde su cama.

“Estoy en una cama más dura que las piedras de Coyoacán…”

Sus amigos pintaban en sus odiados corsés, con firmas, espejos, alas y hasta fotografías.

“El arte más poderoso de la vida, es hacer del dolor un talismán que cura. ¡Una mariposa renace florecida en fiesta de colores!”

Con unos dieciocho años había sido admitida como alumna en la Escuela Nacional Preparatoria de Ciudad de México, siendo una de las pocas mujeres estudiantes de una institución que daría grandes intelectuales y artistas.

Entra a formar parte del grupo creativo Los Cachuchas (aquí conoció a su novio Alejandro), inundándola de unas inquietudes estéticas que pudieron más que su deseo de estudiar Medicina.

Se lanza a escribir (como demuestran un poema Recuerdo que se publica en 1922 en el Universal Ilustrado y sus cartas amorosas), dibujar y copiar grabados (Fernando Fernández, un impresor amigo de su padre que la contrató siendo una moza como aprendiz).

“Dolor, placer y muerte no son más que el proceso de la existencia. La lucha revolucionaria en este proceso es una puerta abierta a la inteligencia”

Pintar desde las entrañas

Pintaba porque no tenía otra cosa que hacer en sus largas convalencias, lo hacía en la silla de ruedas, postrada en la cama con un espejo en el techo, con un pincel en la boca si era necesario (una vez padeció una infección de hongos en la manos) hasta boca abajo.

“La tristeza se retrata en todita mi pintura, pero así es mi condición, ya no tengo compostura”

Su dormitorio-estudio-cárcel estaba lleno de artilugios para que pudiese seguir creando.

“Pinto autorretratos porque estoy mucho tiempo sola. Me pinto a mí misma, porque soy a quien mejor conozco”

Sangre, cicatrices, raíces, soledad, medicinas, calmantes, camas de hospitales, corazones, venas, bebés muertos, clavos, dolor, flores, frutas tropicales, animales exóticos, paisajes simbólicos, amor y desamor; el sufrimiento por no poder ser madre o ella misma duplicada con sus vestidos del folclore popular quedaban escenografiados en sus óleos de vivos colores.

“¡Quién diría que las manchas viven y ayudan a vivir? Tinta, sangre, olor… ¿Qué haría yo sin lo absurdo y lo fugaz?“

Los primeros tubos de óleo se los regala su padre. Después del accidente de 1925 , la pintura fue un bálsamo para ella, el hecho de vivir entre la silla de ruedas y la cama le llevó a inventarse un personaje, al que cuidó casi hasta el final de sus días.

“…me paso la vida enclaustrada en esta pinche mansión del olvido, dizque a recuperar mi salud y a pintar en mis ratos de ocio.”

La paloma y el elefante

Conoció a su Diego-Universo en 1928, veinte años mayor que ella, famoso muralista al que le iba a ver mientras pintaba y hasta le llevaba comida, a ambos les unían sus ideas comunistas y el amor a la cultura popular de raíces indígenas.

“Yo sufrí dos accidentes graves en mi vida, uno en el que un autobús me tumbó al suelo… el otro accidente, ¡es Diego!”

Se casaron dos veces y vivieron una historia tormentosa plagada de amantes por partes de ambos, de rupturas y reconciliaciones. Durante esos períodos de separación se despertaba en ella una gran creatividad, como ejemplo su magnífico cuadro de Las dos Fridas y le escribía cartas llenas de reproches.

” Y tú bien sabes que el atractivo sexual en las mujeres se acaba voladamente, y después no les queda más lo que tengan en su cabezota para poderse defender en esta cochina vida del carajo.”

Una temporada en el bulevar de los sueños rotos

Henry Ford le encarga a Diego Rivera un mural y en 1930 y gracias al coleccionista de arte Albert Bender pudieron entrar finalmente en Estados Unidos quienes no veían con buenos ojos sus filias comunistas.

“Nos vamos a Estados Unidos, güerita”

El cuadro Autorretrato en la frontera entre Estados Unidos y México es un reflejo de la pesadilla en que se había transformado el sueño americano o así lo sentía Frida que cada vez añoraba más su tierra natal.

“Yo aquí en Gringolandia me pasó la vida soñando con volver a México… El gringuerío de San Francisco no me cae del todo bien. Son una gente muy sosa y todos tienen cara de bizcochos crudos (sobre todo las viejas)”

Diego y Frida se necesitaban mutuamente no obstante vivían separados en la Casa Azul (hoy es un museo por deseo de Diego) cada uno en un edificio distinto que se conectaba por un puente. El amor, el dolor por la pérdida de dos bebés y las infidelidades se enroscaban como la hiedra en un muro añejo.

“Mi sangre es un milagro que, desde mis venas cruza el aire de mi corazón al tuyo.”

“¿Cuál es mi camino? ¿Esperarte? ¿Olvidarte? ¿Hacer lo que tú haces, ir de los brazos de uno y de otro, hoy dormir con alguien mañana con otro diferente?”

Cuando descubre que su hermana pequeña Cristina vivió una aventura con su “Diego-universo”, Frida decide divorciarse.

“Vivo cada día con la esperanza de verte regresar… y cada noche sabiendo que no estás”

Después de que le amputaran la pierna derecha, se vuelven a reconciliar el elefante y la paloma.

“¿Se pueden inventar verbos? Quiero decirte uno: Yo te cielo, así mis alas se extienden enormes para amarte sin medida”.

“Amurallar el propio sufrimiento es arriesgarte a que te devore desde el interior”

Su salud cada vez más frágil no le impedía pintar, a pesar de que sus doctores se lo habían prohibido, ella se las ingeniaba para pintar con su lápiz labial y yodo.

Su último cuadro sería una naturaleza muerta de sandías en el que se lee: Viva la vida.

Un año antes de morir, sus amigos le rindieron un homenaje, haciéndole una retrospectiva en la galería mexicana Lola Álvarez.

“Espero que la salida sea afortunada y espero no volver jamás”

Con este epitafio Frida Kahlo decía adiós a la vida con cuarenta y siete años de edad, de una embolia pulmonar aunque se baraja el suicidio también. Acababa de regalar a su amado Diego (quien moriría tres años después de un paro cardíaco) un anillo por su próximo veinticinco aniversario de boda.

Carla O´Donnell

Carla O´Donnell

Periodista

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