San Plácido, el convento de los secretos

GENTE DE HOY – Corría el año 1619 cuando la joven Teresa Valle de la Cerda le dice a su prometido, el rico y noble Juan de Villanueva, que lo de casarse va a ser que no, que ella prefiere ser monja. El novio, lejos de llorar por las esquinas, le regaló un convento y se fue a vivir al edificio de al lado. Y esto es sólo el principio de la historia.

En apenas 5 años el convento es una realidad, bajo el nombre de Encarnación Benita y entre las calles Pez y San Roque en el barrio de Malasaña. Hay convento, monjas pero falta el confesor. El mecenas de todo esto, te recuerdo, el ex prometido de la priora de este convento de madres benedictinas, elige a Fray Francisco. Parecía todo en orden hasta que en 1626 el “Santo Oficio”, abre un proceso contra el confesor, las monjas y si se descuida, contra las esculturas y el altar Mayor. 26 de las 30 jóvenes novicias dicen estar poseídas por el demonio, casualmente, eso sólo les pasa de noche. La investigación reveló que ese tal “demonio” era el confesor y lo de estar poseídas, no hace falta mucha imaginación para saber de qué se trata.

Las separan del confesor, madre abadesa incluida, las llevan a Toledo unos años y aquí paz y después gloria.

Cuando la “normalidad” regresa a los muros del Convento, y con ellas las mojas que vuelven a su casa, el que aparece en escena es el Rey, Felipe IV. que era el que faltaba para seguir alterando el gallinero. Resulta que desde la casa del “noble mecenas”Juan de Villanueva, se podía acceder al Convento sin ser visto.

Al convento, dice la leyenda, llega Margarita, una bella joven de la que el monarca se queda prendado, que es una forma elegante de decir que la quiere en su alcoba. La madre abadesa, que ya está de vuelta de todo después de los de las posesiones idea un plan para salvar a la joven de las garras del rey.

Felipe IV le pide a Villanueva acceder al convento por el pasadizo. El rey conoce a Villanueva gracias al Conde Duque de Olivares, que también anda merodeando San Plácido ¡Señor, qué trajín! Cuando el soberano llega a la celda de Margarita, se la encuentra muerta y amortajada y sale de allí despavorido.

Ya sabemos que los Austrias eran fervientes defensores de la fe católica, otra cosa es que practicaran lo que defendían. Tal fue el susto que se llevó el rey que le encargó a Velázquez que pintara un Cristo Crucificado para regalárselo al Convento a modo de expiación. Es el Cristo de Velázquez, que ahora está en el Museo del Prado, para deleite de todos. Llegó allí después de pasar por las estancias privadas de Godoy, otro listo que pasó por el convento de San Plácido, pero esa es otra historia.

Madrid es un pueblo y más en el siglo XVII, así que la engañifa de la abadesa y de Margarita llegó muy pronto a oídos del rey que decidió darle otro regalo al convento, un reloj que tocaba las horas como se toca a difuntos, que funcionó hasta que falleció Margarita.

El convento recuperó la normalidad tras todos estos trajines y a principios del s.XX fue derruido y construido de nuevo. En la actualidad sigue funcionando, en él viven varias monjas y merece la pena una visita, porque no podrás disfrutar del Cristo de Velázquez pero La ‘Anunciación’ de Claudio Coello en el altar mayor de la iglesia es el mayor tesoro que alberga San Plácido. Y para misterio el del cuadro de La Última Cena de Coello, desaparecido, si Dan Brown hubiese conocido antes esta historia…..

Lo dicho, el bullicioso barrio de Malasaña guarda secretos, algunos confesables, que merece la pena descubrir.

@Miryam_Ponte

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